Opinión| No es gestionar alertas, es gestionar riesgo
Por: Pedro García, fundador y CEO de Migtra
El grave accidente ocurrido en Renca nos impacta como ciudadanos, pero también nos obliga a revisar cómo estamos abordando la seguridad vial en Chile, especialmente cuando se trata de vehículos de alto tonelaje o transporte de carga sensible.
Cada vez que ocurre un hecho de esta magnitud, la discusión pública se centra en responsabilidades inmediatas: el conductor, la empresa, la mantención del vehículo o la fiscalización. Sin embargo, hay una dimensión menos visible y estructural que rara vez se analiza en profundidad: cómo estamos gestionando el riesgo por exceso de velocidad en las flotas de transporte.
En Chile, según datos de la Comisión Nacional de Seguridad de Tránsito (CONASET), el exceso de velocidad sigue siendo una de las principales causas de muerte en siniestros viales. A pesar de ello, el enfoque predominante continúa siendo reactivo.
Durante años hemos incorporado sistemas que generan alertas en tiempo real cuando un conductor supera el límite permitido. Hemos instalado dispositivos que advierten desviaciones en cabina. Pero debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿es suficiente alertar? Lamentablemente, la experiencia demuestra que no. Las alertas se multiplican, saturan y terminan transformando la gestión en una reacción constante frente a eventos aislados. En la mayoría de los casos, confundimos reaccionar con prevenir y es ahí donde radica el problema.
El cambio comienza cuando dejamos de contar excesos de velocidad y empezamos a cuantificar el riesgo que estos eventos generan. No es lo mismo un exceso en un camión cargado que en uno vacío, ni en una autopista urbana que en una carretera interurbana. Tampoco es equivalente cuando se transportan pasajeros o materiales peligrosos, por señalar algunos ejemplo.
El riesgo depende del contexto y el cambio es cultural.
Gestionar adecuadamente implica identificar todos los eventos de exceso de velocidad —no solo algunos detectados en ciertos tramos— y comprender en qué condiciones ocurren. Requiere límites actualizados según tipo de vía, vehículo y carga, así como el análisis de períodos completos de conducción, no episodios aislados.
Pero también exige un cambio profundo en la manera en que entendemos la conducción profesional. Durante mucho tiempo hemos tratado al conductor como parte del problema. Sin embargo, cuando se le integra como parte activa de la solución - entregándole métricas claras y herramientas para autogestionar su desempeño - los hábitos cambian de manera sostenible.
No es vigilar, es transformar la conducta.
Muchas empresas invierten recursos significativos en seguridad vial porque comprenden el impacto humano, reputacional y económico que puede tener un accidente grave. Sin embargo, pocas evalúan con rigor qué herramientas están reduciendo efectivamente el riesgo y cuáles sólo generan una sensación de control. Sistemas con límites desactualizados o que solo detectan infracciones en determinados sectores pueden incluso generar el efecto contrario: pérdida de credibilidad y malos hábitos. Cuando la información no es precisa, la gestión se debilita.
Si queremos reducir de manera sostenida los accidentes graves y fatales, debemos cambiar el paradigma. Pasar de una lógica reactiva a una preventiva. De la alerta aislada a la gestión integral del riesgo. De la alarma al cambio real de comportamiento.
La tecnología es una herramienta poderosa, pero solo cuando se utiliza para comprender patrones, cuantificar riesgo y acompañar mejoras concretas en la conducción.
Cada accidente nos recuerda que detrás de las cifras hay vidas humanas y familias afectadas. La pregunta no es si debemos hacer algo distinto. La pregunta es si estamos dispuestos a cambiar la forma en que gestionamos el riesgo por exceso de velocidad.
Salvar vidas requiere más que alertas. Requiere gestión real del riesgo.
